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Actualizado: 12 nov 2020

Me dices que me quieres y se que es verdad. Creo en tu experiencia de sentir eso llamado amor. Me pones la enorme responsabilidad de ser el objeto en el cual depositas tu sentimiento. Y yo me puedo sentir halagado, sorprendido, endiosado o incómodo. No obstante tengo que decirte algo que no te va a gustar. Yo no tengo nada que ver en eso. Y te lo digo aunque me duela, aunque yo también sienta por ti. Pero he de ser honesto. Tu amor es tuyo, no es mío. Yo no sabría que hacer con él, más que juegos malabares. Yo solo soy una ocasión, un azar que apareció cuando tu necesitabas sentir. Y claro, pones en mi la causa de tu sentir. Es bonito y también peligroso. Por amor se vive, se muere, se mata y se odia. Estamos hechos para sentir. Y es relativamente fácil que ocurra, por eso nos apareamos, nos vinculamos y nos amamos. En realidad ponemos al otro como el Dios que nos ha iluminado, sea una persona, una idea o un trozo de tierra. Pero la verdad es que estamos hechos para amar y por eso siempre seremos presas fáciles, para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad. En el mejor de los casos será un amor sereno o apasionado, pero pacífico. En el peor, será manipulado, creado por aquellos líderes que se autoproclaman como libertadores, como la representación “de la gente” o “del pueblo”. Ah, no me arrebates lo que es mío. Tu solo engañas, ilusionas y te aprovechas de que en mi naturaleza está amar, como en la tuya, cual escorpión, está emponzoñar las almas cándidas y necesitadas de afecto. Lo que yo siento es mío y solo mío, pero reconozco que me he equivocado y he puesto mi amor en ti, en tu bandera, en tu apuesta figura, en tu sugerente verborrea. Y no te puedo culpar, porque lo que siento lo siento de verdad y por tanto me lo creo. Me creo que los demás son malos, que nos roban, que nos  aprecian, que te envidian, que soy mejor, que soy inferior, que soy una víctima, que me merezco un trozo más grande del pastel porque soy de tu barrio, de tu país, de tu congregación, de tu cobla, de tu hermandad, de tu lengua. Que de verdad eres incondicional. Pero seguro que seré, como siempre, el último en enterarme que me engañabas con el vecino del quinto. Y entonces será tarde. Habré quemado amistades, habré dejado atrás proyectos, habré llenado mi alma de mentiras, habré gastado lo que no puede ahorrarse… el tiempo. ¿Y como reconstruir el hogar, quemado por el equívoco de perseguir una Ítaca ficticia?. ¿Cómo aceptar que mi paradigma se sostenía en anclajes vaporosos?. ¿Cómo volver a sentarme en mi despacho de catedrático de la vida y decir a mis alumnos que se olviden de cuanto les enseñé?. Por eso prefieres seguir viviendo con los ojos cerrados y dejarte llevar por tu sentir, que siempre mira por los ojos ajenos.



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